Me levantaría la tapa de los sesos (las historias de Passo). Parte 7. La fiesta

Una de las cosas buenas de haber pasado de los cuarenta y con un aspecto, más o menos saludable, es que abres tu abanico de mujeres y empiezas a ligar con mujeres mucho más jóvenes.

Ven que a esa edad te has convertido en “maduro”, en una persona con las ideas claras. El problema es que no se dan cuenta que sigues siendo igual de gilipollas que cuando tenias veinte años, pero no vamos a romper el encanto. Si una persona es un imbécil a los veinte lo más probable es que lo siga siendo treinta años después, si no más.

La chica trabaja en la serie que estoy escribiendo, y estaba muy bien pero que muy bien. Yo presentía que le gustaba, pero soy algo tímido, también lo era hace veinte años, y si no es con dos copas no me lanzo.

La productora hace una fiesta, no sé con qué excusa, siempre ponen alguna para que la gente se emborrache y se follen entre ellos. Debe ser una maniobra orquestada para mejorar el rendimiento laboral, no tengo ni idea, tampoco me interesa mucho. Lo que me interesa es que tengo barra libre de bebida y a mano un pibón.

Una vez que empezamos a hablar, me fijo más detenidamente en su cuerpo. Es algo más baja que yo, tiene un culo respingón, y lleva unos vaqueros gastados que se lo resaltan. No sé porqué pero los vaqueros en una mujer son una debilidad. Es delgada, pelo largo y moreno. Una sonrisa que deja ver unos dientes blancos y perfectamente alineados. No tiene mucho pecho pero me gustan, también me gustan las que tienen el pecho grande, entonces me doy cuenta que me gustan mucho las mujeres, y sus cuerpos. Me parecen salidos de la mano de un gran artista, cada una a su estilo tiene algo bello, gratificante que hace que me atraigan. De hecho, si voy en el metro, y hay una mujer guapa, intento meterme en el mismo vagón. No voy como un baboso, me gusta mirar sin ser mirado, así puedo apreciar esa obra de arte que es el cuerpo de la mujer.

Aparte que estaba muy apetecible la chica, era de conversación entretenida. Quizá penséis que soy algo intelectual pero no puedo estar con alguien que no crea mínimamente inteligente, ante esto sólo hay una salvedad, y es las copas que haya bebido.

Pero este no era el caso. La tenía a mi alcance y te das cuenta porque te empieza a mirar la boca y sin querer se mordisquea los labios. Era el momento de parar de beber, si nos vamos a encontrar a solas, es mejor no llegar a una situación comprometida por el alcohol y no puede acabar la difícil misión de acostarme con esta preciosidad. Porque he de deciros que los rollos esporádicos si quieres que sigan en el tiempo has de emplearte a fondo, y que ellas se lo pasen tan bien que quieran repetir. Aunque en este tema, lo dejaré para otro momento.

Lo que sí puedo asegurar es que acabamos en mi casa. Estuvimos follando como locos, casi no me lo podía creer. Estaba destrozado, se quedó a dormir. Y cerré los ojos, contento por lo sucedido. Ya se sabe que después de la batalla, el cansancio hace que te entre sueño.

Al poco me despertó un ronquido. Coño! Y no era mío. A la chica se le escapó un ronquido, normal después de poner en practica casi todos nuestros conocimientos amatorios, hay que coger fuerzas. Otro ronquido. No, esto no era normal, roncaba como un tío, y lo que es peor que no me dejaba dormir. Tampoco era plan de despertarla y decirle:- “perdona, querida podrías no roncar”. Acabo de conocerla, si le digo eso, puede que no la vuelva a ver nunca más. Otro ronquido. He de hacer algo ya, porque si no me voy a desvelar, y hay que descansar, seguro que mañana cuando nos despertemos, continuamos jugando y he de reponerme. Ya los ronquidos van juntándose unos con otros, así no hay manera de dormir, ni de nada.

No sé qué hacer. Lo único que se me ocurre es irme al sofá del salón. Con un pibón así y me tengo que ir de su cama. Me tumbo y aún así escucho esos ronquidos infernales… a las dos horas conseguí dormir, rendido de cansancio, pensando en el trabajo bien hecho y la noche de pasión que acabo de disfrutar.

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